1.- ¿Cómo puede definirse dentro de su trayectoria como artista?
Me identifico como activista indisciplinada y poeta rebelde, pero principalmente como activista indisciplinada. Siento que estamos profundamente influenciados por un arte occidental, específicamente eurocéntrico, que ha impregnado nuestras percepciones de belleza, incluso en Europa misma, relegándonos a lógicas restrictivas. Mi objetivo ha sido descolonizar y despatriarcalizar estas ideas estéticas, tanto en el ámbito del arte como en lo personal. Considero el arte como una herramienta para preservar memorias y experiencias corporales diversas. Reconozco que no todas las personas comparten las mismas vivencias, por lo que el arte no debería limitarse a ser meramente estético, sino que puede servir como una forma de justicia epistémica o de conexión con legados ancestrales. Este enfoque contrasta con la visión eurocéntrica predominante. Para mí, ser activista indisciplinada significa encontrar una posibilidad de sanación única en la expresión artística. No se trata simplemente de seguir normas técnicas académicas, sino de canalizar emociones, liberarse de la furia, el enojo o la tristeza, y recuperar la memoria. Esta práctica no se somete a las lógicas eurocéntricas y hegemónicas, sino que las desafía. Nombrarme activista indisciplinada es una forma de desafiar la idea de que uno debe ser experto para participar en ciertas actividades. Creo en la capacidad del arte para empoderar y transformar, incluso si no se domina completamente la técnica. Es un medio para actuar y expresarse, más allá de las expectativas convencionales.
¿Cómo percibe el arte en América latina y el Caribe?
Esa pregunta es realmente interesante, ya que abarca muchos aspectos. Permíteme compartir contigo mi perspectiva adicional a lo que ya mencioné. La forma en que percibo, concibo y abrazo el arte latinoamericano es diversa y compleja. No existe una única práctica artística que pueda definir el arte latinoamericano en su totalidad; es más bien una categoría muy general. Los contextos varían significativamente, desde Bolivia hasta México, pasando por Perú, Puerto Rico, Martinica y más. Esta diversidad es fundamental. Observo el arte que se desarrolla en Latinoamérica y el Caribe como una amalgama de prácticas artísticas, cada una de ellas importante, necesaria y acertada a su manera. Muchos artistas están comprometidos con la descolonización y la ruptura de lecturas eurocéntricas, lo cual nos permite alejarnos de las narrativas impuestas, especialmente por el norte global, que a menudo domina nuestras percepciones. Tomemos el ejemplo del afrofuturismo: las interpretaciones en el norte global difieren enormemente de las del sur, del Caribe y del centro, cada una influenciada por sus propios contextos culturales y sociales. El arte latinoamericano es vasto y abarca una multitud de enfoques y estilos. Algunos artistas trabajan desde paradigmas estéticos europeos o del norte global, pero también hay quienes se apartan de estas influencias para explorar nuevas vías de expresión. Me interesa especialmente destacar aquellas prácticas artísticas que desafían las normas establecidas. Por ejemplo, artistas como Yolanda Royo Pizarro, con sus poesías y sus contribuciones a la literatura, o Saika dos Santos en Brasil, quien fusiona el arte con la tecnología en el campo STEM. En Colombia, hay mujeres afrodescendientes que han descolonizado narrativas, como Marcela, de origen Mapuche en Chile, que aporta desde una perspectiva única. En México, figuras como Ruperta Bautista, poeta tzotzil, desafían las concepciones convencionales del arte. Estas expresiones nos muestran el poder de apropiarnos de nuestras propias narrativas, liberándonos de las expectativas impuestas y hablando con nuestra propia voz. Es un acto de empoderamiento y autodeterminación, que nos permite redefinir lo que significa ser parte del panorama artístico latinoamericano.
2- Hoy en día, ¿qué visión tiene de sus identidades culturales plurales?
Claro, tengo una perspectiva que intenta no ser esencialista en cuanto a la identidad, reconociendo que poseo múltiples facetas identitarias. No me limito a una sola identidad, pero hay aspectos que abrazo con mayor énfasis debido a la herencia física que me dejaron mis ancestros. Por ejemplo, heredé el tipo de cabello afro, que para muchas personas es considerado "mal" mientras que para mí es precioso. Durante años, recibí comentarios negativos sobre mi cabello y me presionaron para alisarlo. Sin embargo, siempre me he sentido orgullosa de mi cabello afro, y aunque en el pasado me sometí a alisados, ahora lo abrazo con orgullo. Por eso me autodenomino afro-purépecha, ya que la identidad purépecha suele asociarse con cabello lacio, que no es mi caso. Mi fisonomía y tono de piel también difieren de la imagen estereotipada de la identidad purépecha. A pesar de mi pluralidad de identidades, que incluye la blanquitud debido a mi madre, quien es descendiente de una historia dolorosa de violación, elijo destacar las características físicas que me identifican como afro y purépecha. Mi decisión de enfocarme en mi experiencia física y su relación con mi identidad es una forma de desafiar narrativas dolorosas y dañinas, como la noción de "mejorar la raza". Reconozco que existen personas afrodescendientes con piel blanca, pero su experiencia no está marcada por el racismo de la misma manera que la mía. Por lo tanto, prefiero vincular mi experiencia física con mi identidad, ya que estas dos facetas están entrelazadas en mi experiencia personal.
3- ¿Qué le gustaría transmitir a las mujeres jóvenes en general?
Me gustaría compartirles la importancia de no desconocer nunca su proceso y contexto de origen. Es fundamental reconocer quiénes nos han legado ciertas cosas y cómo eso influye en nuestra identidad. Entiendo que para algunas personas puede ser más fácil que para otras, especialmente para aquellas que no fueron adoptadas y conocen su origen desde el principio. Sin embargo, incluso para aquellos que han enfrentado dificultades como vivir en orfanatos, es crucial explorar y comprender su origen para no perderse en un mundo lleno de discursos cargados de odio. Reconocer nuestras raíces puede ser un proceso sanador, ya sea que seamos mujeres negras, blancas, asiáticas u de otras etnias. Es importante comprender que, a pesar de nuestras diferencias, todas estamos unidas por la experiencia de ser mujeres. A través de la diversidad de nuestras experiencias y prácticas, podemos enriquecernos mutuamente y crecer juntas. Nuestras diferencias nos brindan la oportunidad de florecer y desarrollarnos de manera más amplia y significativa que si simplemente buscáramos la igualdad en nuestras experiencias. El feminismo ha sido muchas veces afectado por el discurso de la igualdad que no reconoce estas diferencias individuales. Por lo tanto, alentemos a las mujeres a abrazar sus orígenes y a celebrar la diversidad que nos une y nos hace crecer juntas.
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